PREGÓN DE LAS FIESTAS DE CALDAS DE 1998

Ilustrísimo Sr. Alcalde, queridos amigos caldenses:

Hace unos días, acudió a mi casa nuestro alcalde acompañado de Chicho Domato, para pedirme que fuera el pregonero de las próximas fiestas. Inicialmente, me produjo sorpresa por las distinguidas personalidades que siempre han cumplido esta función, pero la tomé como una petición de apoyo, de colaboración con el pueblo y por ello, lo he aceptado. Todos tenemos que colaborar, y a mí me tocó hablaros.

Nunca jamás he sido pregonero de unas fiestas, pero eso no quiere decir que lo vaya a hacer mal. Ya sabéis que es de mal orador empezar disculpándose y pidiendo perdón por no ser experto en la materia. Así que os tengo aquí, “calladitos como en la misa”, porque creo que sí tengo cosas que deciros y que os gustarán.

No podré hablar desde la altura reconocida de Don Hipólito de Saa en sus charlas, conferencias y sobre todo en su libro Historia de Caldas donde nos lo cuenta todo y con gran detalle, ni como Don Raimundo García Domínguez, “Borobó” para los amigos, tan premiado por sus escritos. Ni con la prosa redonda, románica, elevada de mi querido amigo Carlos García Bayón que con su verbo elocuente y chispeante, nos deleitó en tantas ocasiones, pero os voy a hablar al alma, con ilusión y para intentar despertar la vuestra.

¿Porqué me han buscado para que os hable? Pienso que porque después de muchos años de vivir aquí, casarme con una acérrima caldense, tener hijos de Caldas, y pintar y corretear por estas calles y jardines se me ha concedido la nacionalidad caldense. Pero antes del hoy, hubo un ayer que me gustaría mostraros.

Mis recuerdos primeros de Caldas son muy lejanos, de mi primera juventud; quizás el más lejano pero muy fijado en mi memoria es el del paso y parada en la estación de Portas.

Coincidimos providencialmente –yo soy un fiel creyente en la providencia- en un viaje desde Santiago a Portas Tutú y yo. Yo era un joven oficial de artillería y estudiante de Derecho en Santiago y con frecuencia nos veíamos –de lejos- en la recordada Universidad. Aquel trayecto en tren dio para mucha conversación. Estamos hablando de aquellos trenes de baja velocidad y múltiples paradas que viajaban a nivel humano. Si era larguísimo el trayecto se viajaba con una gran cesta: tortillas de patata, filetes, cubiertos, platos, y se ofrecía a los compañeros de viaje. La reciproca también era cierta así que se intercambiaban viandas y otros manjares. Y la gente hablaba, se conocía y se disfrutaba de la vida y del viaje. Viajar no era como hoy, ir y llegar. No; se montaba en el tren, se viajaba –era un acto social- y muchas horas después, se llegaba.

Y en un viaje así, que para mí era largo, iba a Madrid y para ella corto, venía a Caldas, me dio tiempo a conocerla.

Cuando ella se bajó, además de quedar el departamento vacío, pude ver desde la ventanilla ¿recordáis cómo eran? Se bajaban y subían de guillotina con una gruesa cincha de cuero. Pues como os decía, contemplé el paisaje; aquella gran chimenea, la fábrica ya sin función pero en pie los grandes muros y en el horizonte, como agazapado en el fondo del valle un conjunto de casas bajo una gran iglesia de torre agudizada. Un larguísimo y muy frondoso paseo de grandes árboles, conducían a esa villa de la que desconocía casi todo y era recorrido cada día varias veces, a moderada velocidad, por aquel recordado coche del Sinsonte.

Decía que desconocía todo y creó que no. Sabía por mi madre que un hermano suyo había sido juez de Caldas. Varios de sus hijos nacieron aquí y hoy son todos destacados juristas y paradoja de la vida, uno de ellos se jubiló como Defensor del Pueblo Andaluz. ¡Lo que no consiga un gallego!

Saltamos unos años, pocos y un día con mi cuñado también militar que mandaba la batería del Grove, donde veraneábamos, decidimos hacer un recorrido de visita de monumentos en una pequeña moto Guzzi.

 
 
 

1,2,3,4.- Después de visitar Villanueva, Cambados, Fefiñanes, su hermoso pazo, las ruinas de Santa Marina, cementerio inolvidable ¡Qué impresión de recogimiento, de paz, de soledad de eternidad! Y después de corretear por Villagarcía, descendimos hacia Caldas por la antigua carretera del Pousadoiro.

¿Dónde estaba aquel tramo adoquinado que todavía recuerdo con especial detalle? Vibrábamos con la moto y no era de emoción.

Y llegamos a Caldas. Aquí dominaba una sensación de calma. Eran fiestas o no sé por qué recuerdo una gran animación en la entrada del Jardín. Con razón decía Ricardo “que Caldas en fiestas es otra cosa”.

Encontramos a las hermanas de Tutú; ella estaba en un curso de verano. Nos enseñaron el pueblo: la calle Real, la Fuente Caliente, el Puente Romano, el Jardín y la Carballeira. Recuerdo cuando al pasar por la calle Real, señalaron su casa y la casa donde vivía Tutú. ¡Qué lejos estaba yo de imaginar que pocos años después aquella iba a ser la casa donde nacieran varios de nuestros hijos!.

Porque entonces Tutú era ya uno de los monumentos a visitar, esos que parecen que salen a tu encuentro en el camino de tantos rincones de las carreteras gallegas, y que al verlos y conocerlos te hacen disfrutar un día feliz.

Así conocí yo Caldas en la década de los cincuenta. Fue mi primer encuentro, cuando las bicicletas y motos se alineaban en la entrada del Jardín –“moitas máquinas” decían- y así calculaban lo animado de la fiesta.

Ese primer encuentro, breve pero lleno de recuerdos y vivencias, fue tomando cuerpo en años sucesivos.

Durante el noviazgo, me alojaba en ocasiones en el H. Buceta. La primera vez me tocó una habitación al norte, hacia el monte y era impresionante la placidez de las noches de aquellos calurosos veranos: chicharras, sapos, lechuzas y todos esos misteriosos ruidos de la noche, y un olor fortísimo a campo, a menta, a las dulces fragancias de la tierra húmeda. No apetecía dormir. Recuerdo la habitación espartana, con lo imprescindible para vivir.

Las tardes, muy calurosas, después de degustar los riquísimos platos con que nos deleitaba la gran cocinera que era María “La Porteira”, con un gran libro de Penal, porque era el más grueso, iba a estudiar al fondo de la Feria, donde se inicia el camino a Segad. Había entonces una hierba alta, jugosa y la sombra de aquellos grandes robles hacía olvidar el calor que derretía las calles de la villa. Y cuando me vencía el sopor y el sueño propio de esta época del año, buenamente echaba una siesta con el Penal como almohada y pienso que quizás, por ósmosis, aquellas ideas encerradas en el libro se traspasaban a mi cerebro. Creo que nunca he vuelto a dormir siestas tan reconfortantes.

Entonces yo pintaba mucho por vuestras calles. Tomaba apuntes que enviaba a mi familia y también guardaba, y que ahora son ya historia –historia pequeña- pero historia de Caldas de años pasados.

5.- Aquí veis algunas. Mirad esta, tomada desde el H. Buceta, el hermoso conjunto de blancas casas de un solo piso que cobijaba, algo así como un gran patio de árboles y sobre ellos la iglesia, destacando en el recortado horizonte del Xiabre.

6.- El Puente Romano. Se conserva igual. Faltan los sauces que creo plantó Clemente Viqueira, pero el gran sauce actual, desgraciadamente roto el año pasado, ya empezaba a sobresalir en ese conjunto hermosísimo que forman el puente, la fuente, el sauce y el paso cantarín y agarimoso del Bermaña por el centro de nuestra villa.

Entonces las lavanderas pasaban horas y horas zurrándole a la ropa en el lavadero y cambiando impresiones y cotilleos porque el trabajo también une.

¿Os parasteis a contemplar con calma, igual de día que de noche, qué lugar ideal para hacer algo hermoso para los que nos sucederán?.

Los antiguos nos dejaron esto y nosotros ¿qué dejaremos a las generaciones venideras?

7.- Aquí veis el Asilo antes de edificar el segundo piso y casas adyacentes y la gran obra de ampliación posterior. Su jardín siempre fue una maravilla; recuerdo aquellas flores que abiertas durante el día, todo color, se cerraban al atardecer y desaparecían.

8.- La parada del Castromil. Aquí se hacían todas las paradas. El café Victoria, la ferretería de Aboy, la peluquería de la esquina y sobre todo las casitas blancas, mi obsesión ¿premonición de mis destinos posteriores a Andalucía, a la Ronda mora y la serranía de los Pueblos Blancos?. En estas casitas, decía, se iniciaba la subida de la carretera de Cuntis.

Y el guardia aquel, el grande, no recuerdo su nombre. También el guardia civil con su armamento y todo, os aseguro que no fueron invención mía estos personajes.

9.- Y aquí la calle de la Iglesia; aquel viejo taller de carpintería “el Lufo” creo. La casa de la esquina y sus simpáticas escaleras, ese patín tan gallego, todo eso desapareció o se transformó excepto la casa del cura que asoma bajo la iglesia.
10.- La entrañable estampa de los “mantidos”, esperando a la caída de la tarde la hora de entrada en misa. No me digáis que la del traje de lunares, mano a la espalda y bufanda no es una estampa típica.
11.- Otra vez el Puente Romano, con la casa blanca grande, también desaparecida, que bordeaba el Bermaña y que daba entrada a la calle Real. Por cierto, en el bajo de la actual edificación un almacén ofrece en su fachada un aspecto que desdice de la monumentalidad del conjunto. En una de las casas siguientes todavía hace poco existía una anilla, y tengo entendido por mi tía Concha, que en esa casa vivió mi bisabuelo, capitán entonces de la Guardia Civil durante su destino en Caldas, y que en aquella anilla, amarraba su caballo.
12.- Iglesia de Santa María, que rodeada de viñedos – no habían construido todavía el nuevo cementerio anexo ni los grandes garajes- componía una auténtica estampa románica que nos trasladaba a los lejanísimos años de su construcción.
13.- La Calle Real, aquel viejo soportal desaparecido también, aun no hace muchos años. A la sombra de esa casa hice un día un dibujo en el que tomaba el fresco Carmiña la panadera poco antes de fallecer.

14.- El viejo crucero del Campo de la Torre en su original emplazamiento, antes de la casa Sindical. Tenía el Cristo roto; le faltaba medio cuerpo y la Virgen tenía clavada una espada.

¿Quién sería ese paisano que tan pacientemente posó para mí?.

15.- Otra vez la Calle Real. La camioneta de los Froján; una moto, una Vespa y no sería difícil localizar a su dueño. Y una niña jugueteaba en esta calle sin peligros, auténticamente peatonal. Me pregunto a veces ¿Quién sería esa niña que cumpliría seguramente 45 años? ¿Alguien de Froján?.

16.- La Calle Real de nuevo con dos casas desaparecidas; la que hoy da paso a Porto do Río, hermosa y digna de otro trato y la de junto a la Plazuela que abrió a la luz este rincón de juegos infantiles.

Bien. Ya habéis visto como ha ido cambiando la fisonomía de nuestra Villa y en ocasiones no para mejor.

Por eso yo quiero hablaros, no de Doña Urraca, de Alfonso VII el Emperador, que tenemos a orgullo los caldenses de que nació aquí, quizá en su vieja Torre, lamentablemente derruída.

¿Os imagináis que conjunto único con vistas al turismo y sobre todo ¡qué caramba! para nuestro propio recreo, formarían hoy esa noble Torre con el Puente Romano, la riente fuente bajo el gran sauce, la plaza con su crucero y la casa de los Mariño, con su blasonada fachada desde la que la hermosa sirenita de los desnudos pechos, contempla sonriente y feliz el pausado y lento caminar del Bermaña y bajo sus aguas las truchas, que siempre ondulantes, esperan el manjar que el río les trae?

De todas estas cosas, de la Reina Doña Urraca, durísima con los nobles gallegos, desmochadora de torres; de su hijo, del roscón y del fanchuco ya os han hablado muchas veces los grandes presentadores que me han precedido.

Yo os quiero hablar desde la ilusión. Os quiero hablar, no de que hagamos unas grandes fiestas, que sí las vamos a hacer y celebrar, sino de otras cosas. Las fiestas pasan y se van. Tenemos que hacer algo más perenne, algo que sea para muchos años o mejor para siempre.

El hombre tiene ilusión de prolongarse y reencarnarse, en una palabra, tiene vocación de eternidad. Somos hijos de un pueblo, el gallego, que sabéis bien con cuánto afecto cuida de sus muertos y de sus antepasados.

Llama poderosamente la atención de nuestros visitantes, las fiestas y romerías en las viejas parroquias perdidas en nuestros campos, que la fiesta principal, la de la bullanga y el baile, se celebre en ese campo adjunto, vecino de la Iglesia y de su cementerio. La vida y la muerte unidas. Nuestros antepasados unidos a nosotros en la música y el baile. No existe temor alguno al muerto, antes al contrario, se les hace participar, volver cada año de su descanso eterno. Resulta verdaderamente entrañable esta “participación”.

¿Y por qué yo os hablé antes de mis veraniegas siestas en la umbrosa feria? Para recordaros algo que hemos padecido.

La Feria, y aun el Jardín, durante muchos años han sido “algo” separados de la propia villa. Solamente en las fiestas se utilizaban a tope. Después caía sobre ellos el silencio y el olvido hasta las nuevas fiestas.

¿Por qué? Nunca me lo he podido explicar. Esporádicamente, un pequeño grupo de tres o cuatro jubilados cumplían su paseo reglamentario, matutino o vespertino; alguna madre se acercaba al Jardín con sus hijos. Un auténtico lujo tener semejante conjunto sin utilizar.

Yo, por mis destinos, he viajado mucho, y he tenido la suerte de conocer lugares admirables, incluso en el extranjero. Sí, hay grandes ciudades que tienen grandes parques, a veces muy bien organizados para festivales como en Estocolmo; o las enormes extensiones alfombradas de verde- el Mall de Washington, vecino de la Casa Blanca- rodeado de corpulentos árboles, con sus ramas centenarias acariciando su césped, siempre inmaculado a pesar de ser constantemente usado en actividades ciudadanas. O en Madrid, el Retiro, preciosísimo en el otoño dulce y prolongado de Castilla, con su gran estanque central, un pequeño mar para los madrileños.

Pero no he visto en ningún lugar un rincón como este nuestro, ni un conjunto naturalmente tan acoplado. Un jardín botánico con especies maravillosas de todo el mundo, prolongado por una carballeira singular en toda Galicia y por ello en España, de centenarios robles, alineados en perfecta formación y que por una sabia poda realizada a lo largo de muchos años, como nos recordaba el abuelo Ricardo, han llegado a adquirir la majestuosa altura que alcanzan actualmente. En lugar de ser como las carballeiras habituales en nuestra región: árboles salpicados en puro desorden, copudos y de generosa sombra, pero retorcidos y sin la solemnidad y presencia de nuestra robleda.

Y al final, como un pequeño remanso de paz idílica, la pradera de los sauces llorones felizmente recuperada.

Hoy nuestra robleda es más transitada; creo que es la consecuencia de la ubicación del Instituto y del Grupo Escolar al final de la misma, que hace que una parte de la juventud estudiosa la utilice como lugar de paso o para sus encuentros amorosos.

A ellos es a quienes me dirijo ahora. Ellos tienen que llegar a apreciar este rincón como un auténtico tesoro; son ellos los que tiene que convertirse en verdaderos guardianes, para que nadie, ni estudiante ni extraño, cause los estragos que hemos visto recientemente, como el ataque sufrido por la Paulownia Imperial del principio del Jardín, que la dejó prácticamente muerta.

Nuestro Ayuntamiento no puede estar reponiendo de manera continua farolas que se rompen, bancos que se destrozan, trozos de balaustrada que se destruyen y se arrojan al río en una demostración de salvajismo que dice poco de nosotros a los visitantes.

Se acaba de terminar la reorganización del Jardín, que se pasea con auténtico placer. Para mi gusto, así se lo dije al Alcalde, aun se deberían poner más nombres. Quedan todavía muchas especies, arbustos y grandes árboles sin su nombre propio. ¿Os dais cuenta de la importancia que tiene? Cuando veis aquella pequeña mata que apenas levanta un metro del suelo no le dais importancia alguna. Pero si a un lado tiene su nombre de pila, el botánico o el gallego, aquella mata se convierte en intocable, es un amigo a cuidar. Lo mismo que los gigantescos árboles que pregonan su origen asiático o americano, dando fe con su permanencia y su desarrollo feliz de las virtudes del microclima que gozamos, y que facilita la floración de especies japonesas, chinas, americanas, australianas, etc., formando una verdadera representación a escala botánica de las Naciones Unidas.

Por eso os decía lo de la ilusión. Tenemos que ilusionar a nuestros hijos y nietos en el respeto a lo que tenemos.

Ha sido una feliz iniciativa la de hace unos días de limpiar el río Bermaña con chicos de nuestro campamento de verano. Ellos, después de comprobar la hermosura de un cauce fluvial limpio, vivo y en estado virginal, no serán los que arrojen botellas, latas o zapatos para ensuciar nuevamente el río. Antes al contrario, serán seguro, una repetición de la dulce sirenita del escudo de los Mariño, y contemplarán como ella con admiración la subida río arriba de las bandadas de truchas y escalos en su lucha por el alimento y la vida, desde las venerables piedras del Puente Romano.

Por ello le preguntaba el otro día al Alcalde sobre un proyecto de desviar el río Bermaña. Pienso, si ello se hiciese realidad, ¿qué íbamos a hacer con nuestro puente medieval?. ¿Tendría sentido dejarlo como “obstáculo” a la circulación? ¿Podemos imaginarnos sus tres arcos ciegos, inútiles, sin discurrir bajo ellos el agua mansa del río? ¿Tiene sentido un puente sin agua?

Ese puente que vivió las cabalgadas de Doña Urraca y de Alfonso VII, y ese río que reflejó en sus aguas las caravanas de nobles acompañantes, el paso de procesiones religiosas y peregrinos durante cientos de años, tiene que seguir viviendo y completando el carácter tan singular de nuestra calle Real.

Vamos a cambiar de tema y a filosofar un poco.

Mirad: Si analizáis, en la vida existen dos tipos de personas: uno, los que nada dicen, permanecen mudos, aparentemente insensibles a lo que ven o sienten, y otro el de los que dan vueltas y vueltas a su cabeza y todo lo observan con especial cariño y atención. Todo les atrae. Son los escritores, poetas, músicos, pintores, que después de dejarnos con su obra, el recuerdo vivo de sus sensaciones, se proyectan como un deseo de llegar al Mas Allá.

Esto para mí, forma parte de ese deseo de inmortalidad que esta impreso en el fondo de cada ser humano.

Todavía hace unos días, de madrugada, escuchaba una radio madrileña en la que se planteaba el tema de la reencarnación desde el punto de vista cristiano. Los que dirigían la tertulia abierta, confesaban serlo, y daban muestras de un profundo conocimiento de San Agustín, San Juan Crisóstomo y San Mateo, de quienes citaban párrafos enteros de memoria. Alusivas a esto, o al menos que se podían interpretar así. Alguien les replicó: “Lo único cierto es que nacemos y morimos” Rápidamente le replicó el moderador: “Y vivimos”, es decir, nacemos, vivimos y morimos, pero antes tenemos la gran facultad delegada de dar vida, de participar en la Creación que es la gran muestra de amor de Dios para con los hombres.

Y dijo a continuación algo que me hizo meditar hondamente. “Yo creo en mi verdad; algunos no tienen esa verdad y pasan la vida inquietos y disgustados” Y terminó con la conocida cita de San Juan de la Cruz: “Al final de la vida, te examinarán de amor”

¿A qué viene este rollo del amor?, diréis.

Yo antes os hable de ilusión y desde la ilusión. Pero no hay nada más ilusionante que el amor. El amor a las personas, el amor a las cosas. El que hace las cosas con ilusión también las hace con amor.

Aquí quiero hacer una especial mención a Chicho Domato y el Tesoro de Caldas recuperado gracias a su ilusión y su empeño. Están fielmente reproducidas; ha sido una magnifica idea este reencuentro con nuestro tesoro conservado en el Museo de Pontevedra y quienes a partir de ahora nos visiten nos conocerán mejor y nos darán mayor importancia.

A cuantos han intervenido en esta tarea les expreso mi más cordial felicitación.

Por eso pienso que tenemos que ilusionarnos por hacer algo grande por Caldas. Tenemos que ir decididos y firmes hacia el “Caldas 2000” con la confianza de que trabajando todos en ello lo conseguiremos. Arrimar el hombro y a modo de lo que los americanos conocen como “Tormenta de ideas” estudiar un detallado programa, factible y completo, para hacer de Caldas una villa ejemplar y atrayente.

Me hablaba ilusionado el otro día nuestro alcalde del proyectado centro lúdico de piscinas, sauna, hidromasaje, etc., único en España, aprovechando las aguas de nuestra fuente caliente. Lo considero un magnífico proyecto que traería como premio añadido prolongar la Alameda Vieja, felizmente recuperada como paseo de invierno y ganar para el pueblo un espacio hoy desaprovechado y muerto.

También del acondicionamiento de los márgenes del río, enlazando el Jardín con la Alameda, y ambos al final con un puente para completar el circuito. Yo le propongo que el puente sea rústico, de fuertes postes anclados en el río y tableros de madera fácilmente desmontables para que no se los lleven las riadas.

Igualmente le propongo que ese futuro paseo se prolongue hacia Segad con objeto de aproximarnos lo más posible a la Cascada y sus molinos, e integrar el río, sus preciosas orillas y esa joya que tenemos, única en España, del Jardín y Carballeira, dentro del propio casco urbano.

Os preguntaréis cómo he podido obviar hasta ahora el tema del Encoro. Como bien sabéis, soy militar, y por ello, apartado de toda lucha política y partidista. Os hablo desde la preocupación ciudadana y desde el sentimiento, y en esto sé que vuestros corazones y el mío laten al unísono.

No puedo imaginarme que alguien nos robe nuestro río. No quiero pensar que mis nietos no se bañarán más en sus quietas aguas, ni llevarán a sus novias a pasear por sus orillas. No consigo imaginarme muda la Cascada de Segad, ni sus viejos molinos convertidos en absurdos despojos, esperando inútilmente el paso del río.

Afortunadamente, no todo está perdido. Hasta mis oídos ha llegado una buena noticia que puede hacer que toda esta historia quede en una pesadilla, en un mal sueño del que muy pronto nos despertaremos, para seguir disfrutando para siempre de la incomparable belleza de nuestro río. Permitidme que mantenga viva en mí, la llama de la esperanza.

Y ahora dejadme que os hable de una sensación mía muy reciente.

En el año 1955, aquel roble me atraía de una manera especial. Tenía sus raíces hundidas en la orilla del río donde nació y subía altísimo a juntar su copa con la de sus compañeros. Las lavanderas, bajo su sombra, frotaban una y otra vez las piezas de ropa en aquella piedras romas y brillantes. Una niña rubia, de azules ojos y melena revuelta cayéndole sobre la frente y tapándole parte de aquella mirada de ángel nos seguía invariablemente cuando nos veía. No puedo recordar quién sería. Era de Caldas. Decidí hacerle una foto al tiempo que a las lavanderas.

Por la tarde de aquel día, ya en solitario –como siempre estaba la robleda- hice una de las mejores y más recordadas fotos de nuestro noviazgo: Tutú vestía un traje de limones, veraniego, y a contraluz, y de espaldas a la máquina, sólo el árbol y nosotros dos y unos círculos de pequeñas olitas – hasta seis contamos – que se formaron con la caída de una piedrecilla que arrojamos y que acabaron muriendo a nuestros pies.

Me sentí para siempre unido a aquel gigante. Lo pinté en varias ocasiones, y esta primavera observé con intranquilidad que se retrasaban los brotes de la nueva vida. Y ahora comprobé que está muerto. Sentí un gran pesar, como la muerte de un ser querido.

17.- Aquí lo tenéis; pienso que se murió de pena, de la pena de sentirse encerrado en una especie de jaula de piedras, la nueva barandilla, que al rellenarla, le dejaron sus pies más lejos de aquellas reconfortantes caricias del río amigo.

¿Habrá algo más trágico que un árbol se muera de sed a escasos pasos del río que le daba vida? Esta circunstancia me privó de hacer la foto soñada. Otra vez en la misma posición, con los seis hijos y los dos nietos, como una ininterrumpida cadena de vida, y con un ritual casi pagano, aquí sería el último eslabón de la cadena, mi nieto, el pequeño Álvaro, el que arrojaría en nombre de todos, la piedra al río.

Sólo me queda ya añorar su sombra y en su reflejo proyectado en el río, que parece quisiera llevarlo con él, contemplar con nostalgia aquel trozo de juventud lejana, feliz y enamorada.

Me gustaría llevarles este mensaje de amor al árbol, al Jardín y a la Robleda, a esa juventud que a veces, inconscientemente, ocasiona daños irreparables.

Os voy a proyectar unos dibujos de los carballos y vamos a pasear por nuestra Robleda con todo el amor que ella se merece.

18.- Aquí veis el Malecón, al fondo la Feria, antes de sufrir la agresión que destrozó su barandilla.
19.- Estos otros altísimos, esbeltos, subiendo hacia el cielo como hermanos gemelos.
20.- Mirad estos, dignos de una película de Walt Disney por sus gruesos, retorcidos y sugestivos troncos.
21.- Aquí tenéis éste, casi vacío, pero lleno de vida y de ilusión por vivir.
22.- Y éste, apenas unas ramitas insinúan que algo le empuja hacia arriba.
23.- Y aquí, como un grupo de tres brujas reunidas en animada charla.
24.- O éste otro, poderoso en su tronco y multiplicado al elevarse.
25.- Aquí dos ejemplares curiosos: el retorcido en su crecimiento y el duplicado y separado como dos hermanos que riñesen.
26.- Y este hermoso grupo, uno de ellos gigantesco, casi cubierto de hiedra, que no creo que le favorezca en nada, pero sí resulta bellísimo en su contemplación.
27.- O el poderoso que parece querer resguardar y dar apoyo a la propia pared de nuestro camposanto.
28.- O este otro, carcomido y horadado por el paso de los años.

Habéis visto reproducidos unos auténticos Monumentos Vegetales, que tenemos que conservar y mimar.

Y quiero haceros ahora una propuesta que podría ser continuación de la obra de remodelación del Jardín y colocación de nombres.

¿No creéis que va siendo hora de personalizar e individualizar los maravillosos carballos que ahora os mostré? Ya sé que ellos se llaman genéricamente Quercus Robur, nombre muy sonoro que parece hablar de su fortaleza, y en gallego Carballo, nombre hermoso, redondo, dulce.

¿No sería hermosísimo que cada uno de estos monumentos fuera bautizado con el nombre de Caldenses Ilustres fallecidos y que han hecho grandes cosas por la villa? Yo quiero imaginarme que el más majestuoso y otro de sus inmediaciones podrían adoptar el nombre de Rey Alfonso VII y Reina Doña Urraca. Pasarían a ser como ellos mismos, o su indomable espíritu, puestos en pie, presencia viva y recordados por generaciones.

Alguno de los pequeños, más recientemente trasplantados, tomarían el nombre de unos jóvenes que se comprometieran a cuidarlos, o bien que hubiesen colaborado en su plantación. Podrían ser elegidos como premiados en un concurso celebrado y que tuviese como finalidad la conservación de nuestros árboles y parques. Es fácil imaginar el orgullo de estos jóvenes con su árbol, o en su vejez, rodearlo en días solemnes con el afecto de su crecida familia.

Se me ocurre que quizás sería muy emocionante bautizar uno de esos árboles muy dañado o muy necesitados de cariño, con el nombre de algún Caldense de nuestro asilo, que estuviese atravesando una situación similar. ¿No creéis que este hombre, al verse representado por este árbol, lucharía con la misma esperanza en el cotidiano esfuerzo por sobrevivir?

Y considero de justicia, como detalle de agradecimiento público a su labor caritativa y de amor oculto y desinteresado, se pusiese el nombre de alguna Hermana que haya pasado por nuestro Asilo y dejado un rastro de bondad y dedicación a los humildes, a algún modesto arbusto de los que escondidos en el Jardín, embalsaman el ambiente a su alrededor.

Como veis, no necesitamos elevar monumentos en nuestras calles y plazas porque los tenemos realizados en nuestro maravilloso Parque.

Y me diréis con razón a qué vienen todas estas consideraciones. Pues porque quiero recordaros que es precisamente en estas fiestas cuando hacemos un sobreuso de la Feria, y debemos aleccionar a los nuestros para extremar el cuidado y la limpieza y en las medidas de respeto a los árboles en la zona festiva. Y predicando con el ejemplo.

En una palabra, vamos a disfrutar de las Fiestas, pero vamos a hacerlo correspondiendo a los grandes favores que nos hacen y nos dan con su sombra y con la limpieza de nuestro ambiente, dándoles amor y llevando al ánimo de todos, y muy en particular de la juventud, el hermoso verso de Cernuda que el otro día tuve ocasión de leer: “Creo en mí, porque algún día seré todas las cosas que amo”

Y pluralizándolo, haciéndolo lema de nuestra Villa, decir: “Creemos en nosotros, porque algún día seremos todas las cosas que amamos”

Muchísimas gracias a todos.