COMPOSTELA EN LA NOSTALGIA

EL SANTIAGO QUE YO VIVÍ

 

Paró el tren con el característico chirriar inimitable de las ruedas de hierro. Lentamente fueron bajando al andén contados viajeros. Era una estación oscura, muy escasamente iluminada. Hacía mucho frío y una densa y penetrante niebla invadía y envolvía todo, hasta hacer desaparecer, casi, los primeros vagones.
Suelos, paredes, todo estaba mojado. Las luces tenían como en las imágenes londinenses, esa especie de halo que las asemeja a pequeñas lunas.
Un viajero se detuvo unos instantes a contemplar aquello.
Se dibujaba entre la niebla el gran arco de hierro de su tejado y caían en jirones, como nubes de humo, pedazos desgarrados de aquel manto frío que todo lo mojaba.
Dos maletas y un objeto alargado, envuelto en una funda verde eran su único equipaje.
Sin duda era la primera vez que la visitaba. Hasta que se quedó solo.
Era un muchacho, quizá poco más de veinte años, aspecto juvenil.
No mostraba asombro en su semblante, pero si se pudieran examinar sus pensamientos quizá tuviésemos la explicación de aquella parada. Algo así como "¿qué se me habrá perdido a mí en esta soledad? ¿Por qué me encuentro aquí, solo, en medio de este frío y de esta niebla, en este lugar desconocido?". Seguro que muchos pensamientos pasaron vertiginosamente por su cabeza, hasta que con gesto decidido, cogió las maletas y aquel objeto largo de funda verde que dejó, por un momento, asomar algo así como una empuñadura dorada. Era un sable. Aquel joven, sin duda, era militar.

Aquel joven era yo, que a mediados de enero de 1951, acababa de enfrentarme a mi destino. Empezaba a volar solo en la vida y ese era, seguramente, el motivo de mi asombro y mi sorpresa.
Crucé las vías sin hacer uso del paso subterráneo. Me parecía más fácil. Salí de aquella estación de aspecto de gran pazo gallego y unas tenues luces o farolas balizaban más bien, ya que no llegaban bien a iluminarlas claramente, el final de las monumentales escaleras.
El Regimiento de Artillería número 28, mi primer destino militar, ocupaba la antigua facultad de Veterinaria, la que en la actualidad es el Parlamento de Galicia. Una gran verja de hierro protegía un cuidado y extenso jardín, y unas escaleras de piedra daban acceso a un gran zaguán, con altas columnas, que a su vez encuadraban a otras escaleras que conducían al piso superior.
Se percibía olor a ganado. La densa niebla también impregnaba de humedad las altas paredes y el piso de rojo terrazo, chorreaban.
Aquel penetrante olor a ganado y otro más intenso que después descubrí que era "Zotal" -desinfectante de cuadras- ya me iba a acompañar durante toda mi estancia en Santiago.
Pregunté por el oficial de guardia. Me presenté como el nuevo Teniente del Regimiento. Era el teniente Blanco Riaño, al que acompañaba el alférez Manolete, dos tipos muy singulares, como después pude confirmar, y mi primera sorpresa fue oír de su boca que por haberme presentado con unos días de anticipación, "pasado mañana tendrás guardia". Era llegar y besar el santo.
Mis primeras preguntas fueron "¿dónde está Santiago?, ¿Cómo se llega a Santiago?" Debieron pensar que estaban ante un marciano.
"Estamos en Santiago. Saliendo por aquí, hacia arriba, llegas al centro".

Santiago era para mí un gran desconocido. Había peregrinado, o hecho una excursión con los frailes -así les llamábamos a los Mercedarios-cuando tenía ocho o nueve años. Nada recordaba. Si acaso la catedral oscura, solemne, lluvia, lluvia y nada más.
¿Quién viajaba en los años de la guerra? Las gentes, ante la falta de coches, permanecían más en sus ciudades de origen, pero se practicaban los beneficiosos hábitos del paseo y de las grandes excursiones a pie de familia y amigos.
Y decidí conocer Santiago inmediatamente.
El Hórreo, la calle del Hórreo prácticamente terminaba en nuestro Regimiento. Aquella verja de hierro y unos elevados taludes de tierra enfrente, no dejaban vislumbrar unos hermosos chalets les decíamos entonces, viviendas unifamiliares se dice hoy, que después supe que eran, al menos varias residencias de chicas universitarias: las Doroteas, las Carmelitas, las de Cluny. Varias órdenes religiosas muy previsoras se habían adelantado, y bien, a la gran expansión de Santiago.
Para mí, aquella cuesta tenebrosa, cuajada de niebla y frío no podía llevarme a ningún sitio.
Pero salí y encontré Santiago.
Sólo me llevaba del bullicio y me dejaba llevar por aquel gentío que después supe que era el tradicional paseo de las ocho y media de la tarde.
Las dos rúas, la Nueva y la del Villar, estaban totalmente levantadas, en reparación, pero la gente paseaba igual.
Ahora recuerdo mi primer encuentro feliz, algo que me descubrió que en Santiago encontraría amigos. Fue Finita. A Finita, nombre tan común en Galicia, los conocidos de la pandilla de Ferrol la llamábamos "Finita la de Cobas". Y era un magnífico ejemplar de mujer gallega típica: simpática, maciza, de aspecto sano.
Estudiaba, creo, Filosofía, que era casi lo único que con Farmacia, podían estudiar las jóvenes de entonces.
Paseamos. Me descubrió aquel centro mojadísimo y oscuro de Santiago, saltando sobre las levantadas losas y me hablo de amigos comunes que allí estudiaban, y ya empapado -no tenía paraguas- regresé a la residencia.
Creí que ya sabía dónde estaba Santiago, pero no. Os lo explicaré.
Cuando por la mañana del día siguiente quise, antes de hacer mi presentación oficial, asistir a misa para empezar de un modo cristiano mi nueva vida, intenté vanamente encontrar una iglesia abierta, y tampoco la catedral. No quería preguntar a nadie. Resultó "misión imposible".
Sentía las campanas repicar llamando a misa. Seguí pertinaz la niebla fría y penetrante. Todo estaba mojado y destilaba humedad, que era fango pegajoso en las rúas.
Oía las campanas, no sabía si de la catedral o de otras iglesias, pero no conseguía localizar aquella catedral que en la oscura noche anterior había apenas vislumbrado, y me atraía.
No sé por dónde entré en las rúas ni por dónde salí; tampoco que calles recorrí, hasta que me tropecé con una iglesia.
Era la de la Mercedarias, y creo que fue la primera y única misa que allí asistí. Misa de pueblo, solitaria. Estaríamos media docena de personas. Se encontraba, lo comprendí después, casi en lo que entonces eran las afueras del Compostela histórico, en la circunvalación.
Santiago no tiene ese río importante que en las grandes ciudades como Sevilla, Valencia, Zaragoza, Lérida, se hace insalvable y no se pasa porque las gentes no lo quieren atravesar. El río Sar no tiene ese carácter. Es un río manso, campesino; le acompañan los prados en ambas orillas y ese sinfín de plantas olorosas de los pastos gallegos: el "fiuncho" la menta, la hierba luisa. Es amble. Se asoman las vacas a beber en él y la Iglesia Colegiata del Sar, escucha recostada -ved sino las famosas columnas de su crucero- su lento y románico discurrir sin prisas.
En Santiago entonces el río que dibujaba su contorno de vida de relación era la circunvalación.
Mirad como se completa: Cuesta de las Ruedas, de blancas y familiares galerías; los Jesuitas y su Iglesia de San Agustín; el Mercado; San Félix, con su aire de pequeña ermita, y rodeándole un enjambre de mujeres gallegas ofreciendo, en sus cestas, el buen pan compostelano.
Sigue la Universidad, el Arco de Mazarelos, último vestigio de sus antiguas murallas, su única puerta viva todavía; los cafés Derby, Argentina, Avenida, el Yate..., casi todos desaparecidos por la invasión de los bancos y dejando fuera a la Herradura, tradicional paseo en cualquier época del año; Porta Faxeiras, y por el Franco a Fonseca, Plaza del Obradoiro, el Hostal, y la románica cuesta vieja de San Francisco, todavía sin transformar y para mí mucho más hermosa.
Este era el gran centro de vida, y fuera San Francisco, El Carmen, Las Clarisas, Santo Domingo, Convento de la Enseñanza, Las Mercedarias..., campos y lejos - hoy muy cerca pero entonces era una excursión- dominando desde la altura el gran convento de Belvís.


Frente a la catedral, la calle Huertas, como su nombre indica, encuadrada por verdes campos de huertas era una auténtica alfombra sobre la que parecía haberse posado la solemne arquitectura de la ciudad.
La vida, los estudios, los paseos interminables se hacían en este centro urbano, medieval, hermosísimo, monumental, construido para relacionarse y vivir.
Se acababan de construir aquellas residencias de jóvenes universitarias en la ciudad jardín que eran todavía un precioso conjunto de viviendas de traza singular, de cantería finamente labrada que se conocía por la Rosaleda. Allí acababa Santiago.
Pero salir de ese centro era, creédmelo, casi una excursión.
Quedaban lejos, muy lejos, esas casas que hoy tenemos frente a la Estila. El propio campus universitario con sus residencias de San Clemente y El Generalísimo era un paraje muy alejado y solitario, que se prolongaba y completaba con el magnífico robledal de San Lorenzo que era una fraga viva, casi en el corazón de Santiago.
Y llovía, llovía, llovía. Yo creía que no iba a parar nunca.
Me dieron posesión de mi destino -no conocía ese protocolo- en una breve pero emotiva ceremonia en la que formada la que iba a ser mi unidad en uno de los corredores del cuartel, porque seguía lloviendo, mi capitán Barca del Duque y mis compañeros cruzaron saludos conmigo con el sable desenvainado.
Era la confirmación de que ya estaba allí.
Cuando encerrado en mi habitación, la primera que tuve daba a un patio interior, recubierto con una cristalera, escuchaba hora tras hora aquel repiqueteo constante, algo se me encogía en el alma.
Todavía no había empezado a comprender esa verdad que después iluminó mi ánimo de que la lluvia es arte en Compostela.
No me venció la lluvia. Con mi amigo Ignacio, que aquel mismo año se licenció fui descubriendo cada uno de los rincones que hoy ya no puedo apartar de mí, lejanos recuerdos. Son eslabones de mi entronque a Santiago.
Ignacio vivía en una fonda de la calle de la Troya y allí estuve con él. Ambiente troyano total. Modestísima pensión, parada en el siglo XIX.
Recorrimos las rúas y plazas, los más insólitos rincones y claro, la Universidad, para mí la única. Y en una tarde fría y de mucha lluvia, a la luz de una cerilla me mostró grabado en un cristal de su claustro, el nombre de mi tío Luciano con la fecha de su licenciatura a principios de siglo. ¿Qué habrán hecho con esos cristales, con tantos nombres grabados, historia viva y recuerdo de los que allí se formaron?.
Ignacio era un poeta. Hacía anotaciones en una pequeña libreta. También versos. Alguna vez me leyó alguno, pero en general los tenía para él. Era un muchacho de gran vida interior.
Se había enamorado de una rubia y preciosa criatura, de ojos azules, creo recordar que para colmo se llamaba Blanquita; y estaba profundamente marcado, ganado por la belleza y el encanto del Santiago de sus estudios.
Conocí con él rincones que sólo un poeta o un joven enamorado pueden descubrir y gozar.
¿Sabéis cuál fue el primero? La capilla de la Corticela. A mucha gente, estoy seguro, no le dirá nada. Aquel rincón, que nos vio rezar muchas veces en una más que tenue oscuridad, tenía ya, sí, estaba allí, aquel rústico Cristo de la oración en el huerto. También el admirado Niño Jesús de Praga.
Pero nuestro foco de atención era una preciosa imagen de una virgen, que en un altar lateral, parecía esperarnos cada día. ¿Era la Milagrosa?
Aquella capilla, después lo supe, era nuestra capilla castrense y yo la dibujé en repetidas ocasiones. Muchos años después, estando de Capitán General en Valencia, mi gran amigo y maestro Furió, excelente grabador y acuarelista, me regaló precisamente aquel rincón, tomado por él, creyendo que para mí sería desconocido. ¡Fijaros qué feliz coincidencia!: 40 años después el gran maestro Furió me venía a recordar mis principios de teniente y dibujante por las rúas de Santiago.
Ignacio fue mi gran guía en los pocos días que permaneció en Santiago para licenciarse en febrero, y a él agradezco el descubrimiento del Claustro de Santa Clara, y su paseo de árboles, tan romántico y recoleto.
Después, varios años más tarde renovaría este descubrimiento en un día de tristeza y decepción. Pero ya está olvidado.
Con él aprendí a escuchar el tañido de las campanas en las lluviosas y frías noches de nuestro Santiago, en que como un rito, íbamos a escuchar aquel celestial concierto en la Plaza de la Quintana. Me mostró aquel farol que Otero Pedrayo dice ser el más hermoso de Santiago, por las sombras proyectadas: el de la Conga. Hoy ya no da aquellas sombras. Otras luces más eficaces pero menos hermosas nos deslumbran y velan su encanto.

Pero yo descubrí otro que os muestro, para mí mucho más hermoso y solitario y más completo en su contemplación: el de la calle de las Campanas de San Juan.
Ignacio se marchó, pero seguí su consejo. Compré un paraguas que fue, en su ausencia, mi primer compañero inseparable.
La vida militar transcurría plácida pero había una diferencia abismal de edad de enfoque de la vida entre mis compañeros militares y yo. Era el único procedente de la última época de la AGM.
Pero, otra vez, la providencia en forma de casualidad, vino a cruzarse en mi camino. En uno de aquellos primeros paseos con el alférez Manolete, encontramos en la Herradura a un joven estudiante que me presentó.
Acababa de finalizar su licenciatura de Ciencias Químicas y se iba a incorporar como alférez a mi regimiento, de ahí la presentación. Alto, con un característico andar propio de las personas de zancada larga, algo encorvado, se incrementaba su altura con la larga gabardina que vestía, cara enjuta, barba oscura, gafas gruesas, de concha; se llamaba José Flores de Ligondés. Acababa de conocer al que ya desde entonces había de ser mi compañero inseparable en los largos paseos de la tarde, en las visitas a la catedral, misas en San Agustín con el P. Villamil y el P. Prieto, y desde entonces, hasta hoy en día, mantenemos una fraternal amistad. También, como podréis observar, mientras estudiábamos en el Derby o en el Argentina, protegiéndonos del frío o de la lluvia, fue paciente "modelo" del nervioso trazo de mi pluma en libertad.


Muy lejos ahora del Santiago que tanto amaba también, en las Islas Canarias, qué lejos está de pensar que, su casi hermano Andrés, le está dedicando esta página a nuestro primer encuentro.
Nos separó la vida, nuestros destinos nos alejaron pero la nostalgia de aquellos años y el recuerdo de tantos felices momentos vividos, han hecho de él casi un amigo único y entrañable.
Las tardes, salvo cuando tenía servicio, que era muy a menudo, se hacían interminables.
Estaba destinado en el grupo de ganado, para que me entendáis, el de los mulos. La vida del oficial en estas unidades es sacrificadísima, porque además de atender al personal, hay que cuidar con extraordinario mimo al ganado, casi más importante que el personal, y hay que simultanear las actividades de comidas e instrucción de la tropa con limpiezas, aguas, comidas e instrucción del ganado. No se para. Se está todo el día en constante movimiento.
Y además el oficial vivía permanentemente impregnado de olor a ganado. La humedad de la cuadra, el calor de los animales y el propio, hacía que los uniformes se empaparan de aquella sustancia que te perseguía durante toda la semana de servicio.
Pero tenía su compensación. ¿Sabéis que por ser oficial de una batería a lomo tenías un caballo tuyo, asignado a ti? El mío, tordo, se llamaba "Indistinto". Y tenías también un batidor para salir a caballo contigo. Y así la calle del Hórreo, carretera de circunvalación, la cuesta de las Ruedas y San Roque hasta el Hospital Militar -hoy Xunta de Galicia- era el habitual paseo cuando eras designado "oficial de vigilancia y visita de hospital".
¿Verdad que puede parecer hoy, en un Santiago desgraciadamente invadido de ruedas, una estampa casi medieval: un oficial y su batidor a caballo, de servicio?
El día 1º de abril se celebraba el aniversario de la victoria y desfiló el regimiento por Santiago. La misa y la parada militar tuvo lugar en la Herradura. El altar se situó en el palco de la música y la formación dando frente al mismo. Me correspondió portar el estandarte, a caballo, que era como se hacía tradicionalmente y cuando lo recuerdo no me explico cómo se podía uno mover sobre la silla: capote largo hasta los pies, que así era el reglamentario, de amplios vuelos, casco, sable, cinturón-correaje cruzado sobre el capote, de cuello corvado, estandarte en el brazo derecho y con la mano izquierda sujetar las bridas. Pero os aseguro que fue muy grande la emoción.
La banda de clarines y trompetas abría el paso tras los batidores, todos ellos montados en blancos caballos -(ya sé que se dice tordos, pero me entendéis mejor)- tocando los hermosísimos toques que siempre utilizaron la caballería y los cuerpos montados, que animaban y hacían más nervioso el paso de nuestras monturas.
Ahora os estoy mostrando lo que fueron mis vivencias en aquel Santiago de mi nostalgia. Empecé a sentir la necesidad de plasmar aquellos recuerdos y hoy puedo disfrutar contemplando lo que entonces y hoy me atraía.
Sentando en el "Derby" o en el "Argentina"... ¡Cuántos recuerdos de días inolvidables!. Mientras mi amigo Flores estudiaba, hacía pequeños apuntes en los que podéis observar los "Castromiles" -autobuses de línea a toda Galicia- abarrotados de gente en la parte superior, al aire libre y estampa habitual. ¡Qué centro de vida era aquella mini estación de autobuses!


Mi primo Salvador Lissarrague, catedrático en Derecho Político, que era un hombre que había viajado mucho, llegó a decirme que era el lugar más ruidoso que había conocido. Había en su entorno una algarabía singular.
¡Qué ejemplares humanos podías observar! Desde allí pude contemplar en una ocasión un carro de vacas conducido por un paisano que se vestía contra la lluvia con aquel "palleiro" -no sé su nombre exacto- era su gabardina, sin duda muy eficaz, que quizás le entroncaba con la prehistoria de los trajes gallegos, y le daba todo el aspecto de "palleiro" viviente.


Todo el centro de Santiago se llenaba los jueves de un intenso olor a ganado.
Santa Susana, sin robleda, en pleno centro hoy, pero entonces en esos que yo os decía "campos exteriores" de mi Santiago, se convertía en la gran feria de ganado de Galicia; una de las más importantes era la de la Ascensión. Aquí os muestro una estampa tomada del natural, Santa Susana al fondo y las gentes agarradas a su "coche", con un cayado, el paraguas, si cerrado, colgado del cuello en la parte posterior, postura comodísima y muy importante, muy eficaz para no olvidarlo.
Las gallegas de rostros semicubiertos por aquellos pañuelos que dejaban caer sobre la frente y guardaban la blancura de su tez. En Galicia siempre se dio más valor a la blancura de sus mujeres -lo del moreno es algo de ahora-, y charlando sin tregua mientras vigilan la pucha, la marela, la xovenca.
Cuando se deshacía la feria, es verdad, las calles quedaban muy sucias pero habíamos vivido un día en el que los que nos habían invadido, los campesinos, se habían integrado por unas horas en esta gran urbe de vida que siempre ha sido Compostela, centro de todos los caminos de la Galicia histórica.

Se mantenían los paseos del mediodía y de la noche. Era de tabla pasear. Se gastaba muy poco, no teníamos de donde. En las tascas típicas, ¡cuántas hoy desaparecidas! La Estradense, el bar Lalín, el Yate, el Submarino... ¿Qué será de aquellos contertulios? Pasaban lentas las horas ante una tacita de vino y con mucha charla de amigos. Parecía como si la prisa no existiera o no hubiese sido inventada. Eran auténticos casinos donde grupos de amigos y conocidos, de las más diversa procedencias, hablaban de lo divino y de lo humano. Pero lo verdaderamente difícil era no encontrar alguien con quien iniciar una amable y distendida conversación y salir sin haber recuncado a las más diversas y variadas horas del día. Lo mismo que en las rúas, lugar habitual de encuentro y paseo.

Un día, estando de guardia leí en "El Correo Gallego" una noticia que me paralizó. Mi amigo Ignacio, alférez de la Milicia Universitaria, se había ahogado en una playa de Cobas. En el largo verano anterior -fue el 6 de septiembre- habíamos sido compañeros inseparables de excursiones. En aquella playa habíamos estado en multitud de ocasiones. Apenas hacía unos días que le había dejado. Cuando me avisaron para su entierro acudí a Ferrol, viajando toda la noche y aún hoy recuerdo la tremenda impresión de su presencia y escribí:
"...allí estabas tú, Ignacio, mi mejor amigo, sobre la losa fría. Y me mirabas con la mirada oscura de tus cuencas vacías. Y sentí miedo. ¿Fue miedo a mirarte o a sentir después ese mismo horror a la vida?"
Me matriculé en Derecho. Era una forma de integrarme con gentes jóvenes, llenas de ilusión y de ganas de vivir. Asistía como oficial, y vestido de uniforme a las clases que me permitían mis obligaciones militares.
Apenas teníamos muy pocas compañeras, cinco o seis recuerdo, pero no puedo dejar de mencionar el efecto de las llegadas a primera clase de la mañana de Mari Luz, en los fríos días de Santiago.
Apenas conservo recuerdos artilleros, o mejor dicho, casi no os los menciono, porque a mí la vida que me señaló y ganó para que hoy os hable de esta ciudad de ensueño, fue la vida de estudiante y sobre todo la relación que allí llevé.
Eran dos vidas absolutamente distintas en las que gracias a la primera, la militar, podía disfrutar cada día más de la nueva vida que se me abría.
Un día conocí a una joven estudiante de Filosofía. Era ya de noche; salía disgustado de un desafortunado examen de Natural, cuando la encontré en el claustro.
No recuerdo muy bien de qué charlaríamos, pero sin duda del examen, y sí sé que recibí algo así como una gratuita bronca de aquella especie de angelical aparición.
En una fugaz presentación la había saludado anteriormente en nombre de un amigo común y apenas nada más.
Pasados unos meses, el tren, que tantas aventuras ha proporcionado en los lentos y largos viajes de antaño, fue el motivo de nuestro nuevo encuentro. Ella viajaba a Caldas de Reyes y yo a Madrid, pero en aquellos apenas treinta kilómetros pudimos hablar de muchas cosas y hasta de pasar un gran apuro con el revisor, cuando pensamos que iba a cobrarle a ella el doble, por usurpar plaza de superior categoría y no llevaba dinero suficiente para afrontarlo. Creo que fue el día de nuestro feliz conocimiento.
Sin embargo, mis circunstancias militares me separaban mucho de mi segunda vida compostelana. La intensificación de la instrucción en el primer trimestre y después en el campamento de Parga y la continuación en Monte la Reina en el verano, me alejaban casi ocho meses de Santiago, de marzo a octubre.
Y así me llegó la hora de marcharme. Un día pedí destino a Ferrol, sin saber que mi verdadero destino era Santiago. Nunca vemos claro más que el pasado, porque ya transcurrió.
Y entonces empecé a pintar como loco, de día y de noche, por la mañana y por la tarde. Quería llevarme cada rincón de aquellos, donde empezaba a vislumbrar que había sido feliz.
Así brotaron todos estos rincones y muchos más, a veces repetidos en grande o en pequeño para amigas y amigos. ¿Veis con qué amor están trazados? ¿Y qué trazos más hermosos y delicados? Una simple pluma de escribir -de aquellas que empleábamos en la infancia con los palilleros rojos, una carpeta de gomas y este extraño e improvisado aparato de pinzas para sujetar el tintero a la cartulina eran todos los utensilios que utilizaba.


Mirad Salomé, las blancas casas de porches rústicos. Fue el primer dibujo mío de Santiago, a lápiz, un 28-XI-51. Lo subrayo por una feliz coincidencia: Tutú, hoy mi mujer, entonces una desconocida y después de aquella aparición del claustro de la Facultad de Derecho, cumplía 21 años. Lo conservo. Parece una iglesita de una lejana aldea. Encierra en suportada, bajo su porche, un románico aldeano, primitivo, sensacional, de devoción pueblerina.


Y ahí veis San Félix -me decían que era la iglesia más antigua de Santiago- preside con solemnidad de ermita el inmediato mercado. La dibujé también con personajes típicos, cestas en las cabezas de las mujeres, hombres con paraguas. Ellas con pañuelos sobre la cara, a sus pies aquellas hogazas de pan de Santiago, quesos de Arzúa... y lluvia, lluvia. Entonces llovía siempre. ¿Seguirán allí esos personajes? ¿Se irían como nosotros? En mis cuadros y mi recuerdo están eternizados.
El estrecho pasadizo del Cantón de San Benito que nos lleva a la Plaza de Cervantes, apenas tres losas en el piso, pero lleno de luz con esos brillos de agua de Santiago.
Las rúas, ambas igual de hermosas y solemnes. El Toral "desde mi columna" en la que apoyado, además de contemplar esa maravilla en piedra del Palacio de Bendaña, me permitía ver el discurrir de la vida en forma de paseo de juventud.
Ahí Santa Clara, su romántico paseo de árboles que llevan a su iglesia, abierto cuatro veces al mes, "bocato di cardenale" para los enamorados y los poetas.
La Quintana, el gigantesco muro de piedra de San Pelayo, al que asoman como en un penal, dos o tres docenas de cuadradas y enrejadas ventanas, que se dulcifican con unas matas de flores y se asemejan a las ventanas andaluzas donde los novios, por el exterior, dan palique las enclaustradas novias en las cálidas noches de la Andalucía mora.
El larguísimo soportal de la casa de los arcos que la cierra al sur y las grandes escaleras al norte, forman un paraje singular. Rebotan y resuenan las campanas de la Torre Berenguela y en las noches de lluvia mansa compostelana, escuchar las doce campanadas en reverente silencio, era manjar de iluminados poetas.
¿Recorría entonces, todavía, Villafínez, aquellas rúas o era ya una ilusión? Él, en los óleos que ahora sabemos apreciar pero entonces estaban en cualquier comercio o tasca de Santiago, nos enseñó a ver a su modo Compostela. Lo llevaba dentro; hasta de memoria pintaba aquellos santiños y profetas del Pórtico de la Gloria. Sus morados, violetas y cárdenos únicos; esos brillos de agua, con azules, con rojos, con amarillos. Santiago con lluvia. La Quintana después de llover, en contraluz rabioso y rojizo.
¿Quién se atreverías después a decir que Santiago es gris como el granito que lo forma?
Los años han dado a sus torres, iglesias y monumentos unos inimitables tomos amarillos, dorados, rojizos en el otoño y asoman fruto de la intensa humedad, destellos verdes de diversas plantas que anidan, más que brotan, en los más inverosímiles recovecos del románico y barroco Santiago.
¿Y visteis y disfrutasteis las puestas de sol de sus encendidos otoños? ¿Os parasteis a contemplar la caída de la tarde desde la Herradura, el tradicional paisaje de Santiago acostado, iluminado por el sol que lo vivifica y lo transforma? ¿O desde el Pedroso, allá abajo como dormido, centinelas y vigilantes las innumerables torres que rodean su núcleo urbano?


Sin prisas en esos otoños que os citaba, limpios, dorados y rojizos mientras el sol se oculta, recrearos en la visión de las oscuras torres de la catedral, recortadas sobre esa espacie de luminoso telón, señalando, eterna, el camino del infinito, el final del camino que desde las más lejanas tierras, movió torrentes de fe y ríos de peregrinos hasta la tumba del Apóstol.
Así se duerme Santiago, al final del Camino de las Estrellas.
Marché de Santiago. Atrás quedaban años de recuerdos. Pero volví. Era grande la nostalgia. Estaba descentrado, aún con los míos. Me faltaba algo, lo notaba. Pasaban lentas las horas y me invadía una gran tristeza al recordar qué fugaces habían transcurrido aquellos años.
Santiago desde entonces, en mi recuerdo, son largos viajes en un ruidoso automotor. Paisajes de horizontes tendidos, inmensos, al alcanzar los altos de Mesón del Viento, y sobre todo, la llegada, la ilusión de la llegada, un nuevo reencuentro con Compostela. Aquella siempre fría estación -¿a dónde estará orientada?- se me hacía ya familiar. No era aquella oscura, envuelta en niebla de una llegada primera. También aquellas casas de enfrente, residencias de jóvenes universitarias eran ya "viejas conocidas".
Y charlas, larguísimas charlas en el América, y en la primitiva marisquería del Hostal, o si más elegantes, en la cafetería, ya al atardecer. Hasta que descubrimos los grandes sofás del salón de la chimenea y el que tendríamos que llamar, por su importancia en nuestra vida, "el sofá del día del Corpus".
El Hostal; cuántos recuerdos desde la noche de fin de año, también lluviosa y fría en que fui a disfrutar de la belleza de la Plaza del Obradoiro en la más completa soledad, a los de las largas charlas en el "sillón del Corpus", pero también la visión del maravilloso conjunto de sus cuatro claustros, esbeltos, elegantes, únicos, envolviendo, en celestial armonía arquitectónica, la Capilla Real o simplemente la paz que inspira la contemplación de su extendida y larga fachada que se asoma al Obradoiro.
Es recreo de los sentidos y una muy feliz experimentación de consumados artistas de la piedra. Su larguísima balconada, que encuadra el solemne portalón. Mirad sus soportes, las ménsulas, y ved como en uno, en su frente asoma, curioseando una hermosa y rubia cabeza de una aprisionada figura, que algo más abajo deja descubiertos dos rotundos pechos y entre ambos penden de una rama unos frutos que se transforman en un equilibrado conjunto de hojas de acanto o de plátano. Cualquier trozo de piedra es bueno para esculpir hermosura. Y así, más arriba, esa misma piedra son grandes eslabones de cadena que abrazan y cierran como una guirnalda, la monumental fachada. También gárgolas de caprichosas formas: monstruos, hombres y mujeres que por sus bocas arrojan y evacúan en torrente las aguas de su tejado. O en su portada un estallido de historia y singular belleza. Allí la piedra se transforma en Adán y Eva o son los Reyes Católicos en unos hermosos medallones. Y más, Reyes y Santos empotrados en aquella puerta de columnas artísticamente labradas y flanqueada por dos singulares escudos.
Habréis observado que no os hablé de la catedral. Allí está varada, anclada en una de las más hermosas e históricas plazas del mundo: la del Obradoiro. Dando frente al monumental Palacio de Rajoy y flanqueada por el Hostal de los Reyes Católicos y el colegio de San Jerónimo con su maravillosa portada románica y sus dos voladas balconadas.


No os podría decir si ella está sobre Santiago, sobre su apostólica tumba, hecho cierto, real, o ella mismo es Santiago, de pie sobre la historia. Tiene su personalidad propia y de día sobre los rústicos tejados de la urbe, que nació para ella, alzándose para ser divisada desde los altos del Milladoiro o del Monte del Gozo, o de noche iluminando como un faro de divinas creencias, señalando un norte de vida que durante doce siglos atrajo hacia ella riadas de gentes, ansiosas de una renovación espiritual, por esa ruta única de la cristiandad que es el "Camino de Santiago".
La catedral tenéis que vivirla. Entrad en ella con el respeto a lo sagrado y el ánimo dispuesto para el asombro.
Allí se paró el tiempo. Allí no hay prisas y aún parecen escucharse si os animáis a las labradas figuras, los acompasados golpes de los maestros canteros. Todo es perfección en su construcción, hermosura y armonía de líneas.
Os aconsejo su visita lo mismo en un día oscuro, para que os recojáis en su acogedora penumbra, que un día luminoso con el sol ya iniciando su caída, entrando luminoso a iluminar con mil destellos la gran lámpara de su crucero y poner sombras, luces y colores en los rostros vivos de esta maravilla que llamamos, con razón, el Pórtico de la Gloria.
Gozad, gozad allí, que alguien os lo explique brevemente. En los laterales la casa de los judíos o Sinagoga y en la otra la casa del Diablo o casa de los Gentiles. En el centro, en el parteluz, Santiago. Le acompañan como soportes del gran arco central -la casa de Dios o Iglesia Católica- los profetas a su derecha y los apóstoles a la izquierda. Y en el centro, sobre nuestro Santiago Apóstol, Cristo Rey triunfante, con sus atributos, los santos, los bienaventurados, toda la corte celestial le acompaña. Los veinticuatro ancianos conversando y tañendo sus instrumentos musicales en un gesto de vida sobrecogedor.
Allí, despacio, decid mirando aquel conjunto inimitable lo que un día escribió nuestra poetisa Rosalía de Castro:


"¿Estarán vivos? ¿Serán de pedra
aqués semblantes tan verdadeiros,
aquelas túnicas maravillosas,
aqueles ollos de vida cheos?
Vos qu´os fixeches de Dios c´axuda
d´inmortal nome mestre Mateo,
x´a qu´ahí quedaches homildemente arrodillado
falaime d´eso.


Andrés Freire Conde